Vivimos en una dictadura:
la del refrán de quince segundos repetido en loop.
Lo que un día fue arte fue brutalmente rebajado a sonido de fondo para bailes de TikTok o a la banda sonora de stories donde el protagonista es la vanidad hueca del desinfluencer.
Y cuando esta generación de oído perezoso y atención fragmentada se choca de frente con un artista vivo, indomable y en plena ebullición creativa, el resultado es un papelón histórico que dice mucho más sobre NOSOTROS que sobre quien está arriba del escenario.La semana pasada, en Argentina, Fito Páez — uno de los BALUARTES del rock, del pop, en definitiva, de la MÚSICA LATINA — cometió el “crimen” imperdonable de ser un artista. En vez de ponerse el traje de jukebox humano y entregar una noche de karaoke nostálgico, Rodolfo hizo lo que siempre hizo: provocó.
Tuvo la audacia de tocar las 25 canciones de su último álbum, Novela, completas, justo la víspera del lanzamiento del esperado disco Shine. La reacción de la platea? Patiferia en su estado más puro.
El público, enfurecido porque su playlist personal no estaba sonando en el orden que sus cerebros mimados exigían, empezó a putearlo. Lo abuchearon.
Y en el colmo del desrespeto, como certificado de defunción de nuestra capacidad de contemplación, sacaron los celulares y se pusieron a scrollear el feed de Instagram y TikTok, incapaces de sostenerle la mirada a un MAESTRO que les estaba entregando una obra nueva. El público de hoy acepta pagar cantidades pornográficas por hologramas y se traga el playback de artistas de plástico y silicona, pero les agarra un ataque cuando un artista dice, aunque sea de manera subjetiva, que su presente importa tanto como su pasado.Nos convertimos en analfabetos musicales.
Se olvidan de que Fito es ese mismo flaquito de Rosario que ayudó a moldear la Trova Rosarina. El genio que tomó el dolor asfixiante tras el asesinato de sus abuelas y lo transformó en el desgarrador Ciudad de Pobres Corazones (87). El tipo que rompió récords en toda Latinoamérica con El amor después del amor (92) y que sobrevivió a los años de plomo. Es de la misma escuela que Charly García.
Desarma y sangra frente al piano.
Exigirle a un músico de esa magnitud que castre su propia gira para tocar solo “11 y 6” o “Mariposa Tecknicolor” en piloto automático es tratar a un león como si fuera un caniche
El concepto de jornada musical — con principio, desarrollo y final imaginado por un autor en el estudio — fue triturado por el mercado. Desarrollamos un oído viciado en fast food y soft porn sonoro, que rechaza cualquier acorde que no traiga una recompensa inmediata de dopamina.
Para cerrar la ironía, los dos primeros versos de la canción título de Shine, lanzada hace unos días, parecen una profecía dirigida exactamente a esa platea zombificada que él veía desde el escenario:
“Todo el mundo, salgan a la calle
Desconéctense del feed”
Si ir a un recital hoy se reduce a exigir que el artista sea un mero prestador de servicios de tu nostalgia personal, hacéle un favor a la música: quedate en casa. Ponete los auriculares, dale play a tu listita de éxitos masticados y seguí arrastrando el dedo por la pantalla hasta atrofiarte la mente del todo.
Hay gente que no merece ser alfabetizada,
ni siquiera musicalmente.



























